Encuentro con David Carabén, vocalista y compositor de Mishima

«Nuestra historia como Mishima comienza el día que llenamos Apolo»

David Carabén nos cuenta la trayectoria musical de la banda, que ha corrido en paralelo a los cambios de la Sala Apolo, un lugar donde el grupo ha vivido los momentos más emocionantes de su carrera musical, las clausuras apoteósicas de sus giras, las fiestas más intensas… pero también nos descubre esos momentos únicos disfrutados como cliente, periodista y músico.


David, ¿cómo surgió ese momento en el que decidiste dedicarte a la música?

Mi trayectoria musical comenzó en el año 93 cuando terminé la carrera de Ciencias Políticas con un Erasmus en Francia. Allí coincidí con muchos músicos y conocí al guitarrista Julien Guerràs, con quien empecé a cantar. Al año siguiente, Julien vino a vivir a Barcelona. En aquella época yo daba conferencias sobre cine de día y servía cócteles en el Barcelona Rouge de noche. Cuando cerrábamos el local nos íbamos al Nitsa, a la zona de arriba, que era más pop. Es entonces cuando conocí a Oscar D’Aniello, que pinchaba en el Nitsa. Julien y yo comenzamos a componer canciones juntos aunque poco tiempo después decidió volver a su país. Antes de irse me dejó escrito en un papel tres o cuatro acordes para iniciarme con la guitarra. Me compré una guitarra española y en ese mismo espacio de tiempo D’Aniello se compró una caja de ritmos Roland 303. Ese fue el origen de Mishima, esos cuatro acordes que yo aprendí con una guitarra española y esa caja de ritmos.

¿Cómo viviste con 20 años la noche de Barcelona?

A principios de los años 90 iba mucho al Monumental Club donde pinchaba Miqui Puig. Monumental representó el advenimiento de la música electrónica en Barcelona. Por otro lado, mi hermano pequeño me descubrió el Nitsa original en la plaza Llongueras donde íbamos casi cada viernes.

En esa época, yo hacía un fanzine con el Cine Club de L’Hospitalet y en uno de esos encuentros conocí a la gente de Disco 2000, a los de Círculo Primigenio y el aBarna de Yolanda Muelas. Todos éramos asiduos del primer Nitsa, con Aleix – aka DJ Sideral- pinchando, que ya era entonces casi como un fenómeno social.

Ese primer Nitsa, con su pista giratoria, se convirtió en lugar de culto para una nueva generación a la que se llamó indie kids

Yo tenía una teoría sobre la música que escuchábamos en Nitsa. Mi idea era que ese nuevo techno era más blanco de lo normal, porque para mi la música negra se baila con el corazón, el estómago y la cintura. En cambio, esa música era de extremidades, no era moverse de manera “sabrosona”, sino de moverse de un lado a otro con las extremidades. No sé quién se inventó ese baile pero creó una estética algo andrógina, con las Adidas, el cabello corto, los pantalones apretados y algo de campana. Yo venía de la cultura más indie pop y Aleix supo casar el indie de los 80 con esta nueva cultura electrónica. Hacíamos ‘comunidad’ en esa pista circular. Era algo muy peculiar.

¿Cuáles son tus primeros recuerdos en Apolo?

Son como cliente y sobre todo como periodista, cuando iba muchos días entre semana. Tenía la sensación de estar en una sala mítica. Cuanto más te aproximas al puerto, bares como el Popov o el Kentucky huelen a humedad, a madera y Apolo tenía ese olor y ese carácter.

Recuerdo cuando lo ocupamos los jóvenes en una época en el que aún había bailes de tarde, era muy curioso, el nacimiento de la cultura club en un lugar de ‘yayos’, ¡era muy chulo! Una idea que surgió con los Juegos Olímpicos fue esa noción de que teníamos una ciudad mucho más guay de lo que nos pensábamos, que teníamos que quitarnos los complejos de encima. Un ejercicio de reivindicar y de redescubrir Barcelona.

¿Cuál fue el concierto más emocionante o en el que pensasteis: ‘Quizás ahora sí que hay un antes y un después en nosotros’?

La gira de L’Amor Feliç lo cerramos con dos sold-out en Apolo y fue genial, donde convencimos a Robert Foster que tocaba en el Heliogàbal para que viniera a vernos. Pillamos una turca increíble porque nos daba vergüenza invitarle. Al final vino y cantó una canción, se sentó en la parte de arriba de Apolo con su mujer y su hijo. Al bajar del escenario dijo: ‘Mishima is excellent!’ Para nosotros, Foster es un mito y aquella noche quedará como un recuerdo para siempre.

También tengo un buen recuerdo del concierto en el que cerramos el Primavera Sound de 2007. Recuerdo que durante la actuación rompí una cuerda de guitarra, lo que es algo complicado porque soy zurdo y hay pocos guitarristas que lo sean. El líder de Richmont Fountain era zurdo y me dejó su guitarra, una Martin, que terminó siendo la guitarra con la que siempre actúo desde entonces.

¿Qué ha aportado la sala Apolo a Barcelona?

Es una sala auténtica en el corazón de la ciudad, que no reniega de Barcelona, que lleva la ciudad con orgullo. Es el redescubrimiento de la ciudad de la que me considero militante. La sala está empapada de su barrio. Recuerdo salir del Rouge, ir a Apolo y después desayunar en esos baretos que abrían a primerísima hora. Interactuabas con el entorno pensando: “Estoy en Barcelona, en mi ciudad”.

¿Y la contribución de Apolo con la escena musical? ¿Qué destacarías de esta sala de conciertos?

Yo creo que su contribución ha sido definitiva. Es la sala que consolida y confirma a alguien. Si puedes llenar Apolo, eres una banda importante; si la dejas a la mitad, estás en construcción, al menos en nuestro género. Es la sala la que te aprueba o te rechaza, la que te da el sello de que tu propuesta tiene sentido en esta ciudad. ‘Hacer un Apolo’ nos pone súper cachondos, ¡todavía! Y eso que hemos tocado veinte mil veces ahí.

¿Qué significado tiene la sala Apolo para una banda como Mishima?

Apolo es la sala donde siempre nos hemos identificado más como grupo. Si tenemos la oportunidad de tocar allí, lo hacemos siempre. Es la sala en la que nos hace más ilusión tocar, porque hemos vivido cosas cojonudas, hemos celebrado momentos muy emocionantes, le tenemos mucho cariño. Es la mejor sala de conciertos de Barcelona.

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