Entrevista a Jairo Pereira | Muchachito Bombo Infierno

¡Aquí hay que liarla parda!

Jairo Perera es Muchachito, un canalla de extrarradio que comenzó su carrera como músico callejero y ha triunfado de la manera que mejor le sale, «liándola gorda» con sus paisanos y sus instrumentos listos para acompañarle en su personal Rumboxing. Muchachito tuvo su primer baño de multitudes en la Sala Apolo y de ahí surgió la banda que le catapultó a la fama, Bombo Inferno. Después llegaría Mundo Canibal. Jairo nos cuenta cómo fueron esos inicios ‘guapos’ como artista en los que también se reivindica como clown.

Texto: Eva Espinet
Foto: Hara Amorós

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En abril de 2004 con Bombo Inferno tu carrera artística marca un punto de inflexión, llenáis la Sala Apolo con un público cómplice y entusiasta. ¿Cómo fue esta primera toma de contacto con la sala y qué supuso aquel primer concierto?

Yo había ido a muchos conciertos a la Sala Apolo y para mi era “La Sala”. Aún no habíamos sacado el disco y nos invitaron al Mundo Canibal. Pensé:  «¡Aquí tenemos que liarla parda!», le ‘robé’ un dibujo al pintor Santos y me fui a buscar patrocinadores para diseñar un cartel con el que empapelamos toda Barcelona. Como habíamos tocado en muchos garitos, tanto en el centro de Barcelona como en la periferia, mucha gente conocía nuestra historia.

Cuando lo teníamos todo listo, nos dimos cuenta de que se había producido una confusión con la fecha del concierto: El mismo día que debíamos tocar nosotros se lo habían dado a Sabor de Gràcia. Fue un momento de caos porque con todo lo que teníamos montado veíamos que iba a ser un desastre, así que hice unas octavillas informando del cambio de fecha y me fui a repartirlas a la puerta del Apolo ese mismo día. Creo que finalmente tocamos al día siguiente y fue una pasada, la sala se llenó. Esa misma noche se formó la banda al completo porque hasta entonces los músicos hacían sólo colaboraciones. La gente pudo escuchar los arreglos de las canciones que ya conocían y que yo había estado tocando solo hasta entonces. Ese fue el punto de partida de Bombo Infierno y fue tan fantástico que, a partir de ese instante, creamos una familia con la banda que duró cerca de doce años.

¿Cómo fue esa noche de concierto?

Para nosotros fue una cosa mágica. La gente nos ayudó muchísimo a patrocinar el cartel, los amigos, los de Mondo Sonoro se enrollaron muchísimo publicitándonos durante mucho tiempo y todos los que allí estuvieron ayudaron mucho en el proyecto.

Entonces estábamos ya maquetando el disco con Tomás Arroyo, “Tomasín”, de Dusminguet, En el proyecto éramos cinco: Tito Carlos, al piano; Héctor Bellino, a la caja; el “Charles”, al contrabajo; Josué “El Ciclón”, a la trompeta; Oscar García y yo, con la guitarra y el bombo. De hecho, sólo salimos nosotros cinco en la portada del disco. Para el concierto en Apolo se apuntaron también Martín y el hermano de Josué, David Carrasco “El Niño”, los dos al saxo; Oscar Bass, al trombón y Alberto “El Jaguar del Paralelo”, a la trompeta. En realidad, esa formación era únicamente para ese concierto, eran amigos que venían a colaborar de manera puntual. Y de pronto, sin darnos cuenta, habíamos creado una banda de diez músicos y todo el mundo tenía ganas de llevar a cabo el proyecto que ya nacía con un disco. Ese fue nuestro punto de partida. Siempre recordaremos ese día con mucho cariño.

Todo fue inesperado, incluida la relación que se creó con la gente de Mundo Canibal, los que estaban ahí dando caña en ese momento. Todo el mundo se volcó con nosotros, estábamos viviendo un momento muy guapo. Tampoco podíamos esperar lo que nos vino después y que nos permitió estar en este bendito oficio.

¿Dirías que aquello fue “Un antes y un después”?

Cuatro años antes, yo había salido de Trimelón y empecé a tocar en los bares. Hacía las maquetas en mi casa, una a una y las repartía yo mismo. Dependiendo de donde fuera el concierto, diseñaba una maqueta u otra, pero siempre eran grabaciones muy caseras. Es verdad que, al final, había muchas maquetas circulado porque era mi subsistir, mi vida. Tocar en Apolo ha sido el espacio donde poder crecer, una sala con mucha solera. A partir de ahí hemos podido tocar en muchas otras salas. Hemos llegado a tocar en el Paradiso donde actuaron los mismos Rolling y para nosotros era lo mismo que para un devoto meterse en una iglesia.

¿Cómo era esa escena con Bombo Infierno?

Nosotros éramos como la periferia gamberra, de vaciar nuestras neveras y las de los compañeros porque se iban antes que nosotros. La periferia con ese lado alternativo, sin ningún proyecto de una discográfica hasta que llegó ese día fantástico que tocamos en el Apolo.

… Y al año siguiente ya sale el disco Vamos que nos vamos del que vendéis veinte mil copias en España.

Creo que más, porque nos llegaron a dar un premio que le regalé a mi madre.

¿Cómo se originó la excelente relación que existe con Canibal?

Ellos conocían muy bien la periferia y yo creo que nos han visto crecer. Me sigue uniendo una relación. Ahí está María (Vives), que estuvo también en La Fonda del Caribe y ella fue como mi hermanita. Les he visto apostar por proyectos muy nuevos, que nadie conoce.

“Cuando tocas con alguien se crea un vínculo muy especial, que va más allá de la amistad. Pasas con ellos muchos ratos juntos y a través de un instrumento se crea otro tipo de comunicación.”

El grupo fue apadrinado por Ojos de Brujo y te comparan con Kiko Veneno, que es otro de tus talismanes y amigo.

Conocer a Kiko fue una suerte enorme porque para mi, después de Peret y el Gato, que son los más grandes, fue lo más. El “mestre” es el “mestre”, ha sido la biblia para todos nosotros. Conocer a Kiko y a Peret, a toda la gente que a mi me ha ilusionado y poder llegar a ser amigos, es de las cosas más gratificantes que me ha dado la música. Cuando tocas con alguien se crea un vínculo muy especial, que va más allá de la amistad. Pasas con ellos muchos ratos juntos y a través de un instrumento se crea otro tipo de comunicación. La música no discrimina y une mucho.

¿Cómo es ese momento en el que dejas Bombo Infierno doce años después para continuar la aventura solo?

Sucedió de una forma muy guapa. Hicimos una fiesta como fin de gira con un montón de amigos, el Pla, Estopa, Quico, el Chiqui de la Canalla, mi compadre y muchos amigos, fueron cuatro o cinco horas de concierto. Una despedida guapa en una carpa en el Fórum. Yo creo que allí había más de mil colegas. Y en las barras estaba mi familia de Santa Coloma, toda la familia Cano.

En el 2015 te presentas en la Sala Apolo como Solo Muchachito, un auténtico hombre orquesta, con tus guitarras acústicas y eléctricas, tu inefable bombo, teclados, artilugios electrónicos…  ¿Qué cambia Muchachito musicalmente frente a Bombo Inferno? ¿Hacia dónde evolucionas?

Pues últimamente estaba escuchando más música anglosajona y los amigos me preguntaban: «¿Para cuándo un disco?». El funcionamiento de hoy en día es muy distinto al de antes, por lo tanto tengo que encontrar la forma de hacer llegar lo que hago a la gente, sin perder mi esencia. Yo nunca he montado una banda, cuando me he dado cuenta ya la tenía formada. He tenido mucha suerte porque he encontrado gente que comparte conmigo la misma energía, que tiene las cosas claras y que me permite a mi ir sin lista de canciones para el concierto porque me cuesta mucho seguir una lista. Con Bombo Infierno fueron muchos años y nunca vieron una lista en el escenario. Esta vez lo he intentando pero al cabo de siete meses de tocar con La Banda del Jiro, los músicos me dijeron: «Tío, tú arranca, que ya conocemos los temas» y así voy mucho más libre. Los compañeros me han pillado el rollo y estamos muy a gusto y es muy buena gente.

Esa presentación en la Sala Apolo es como un ensayo, tú solo y el público…

Sí yo volvía de los conciertos de La Maqueta y estaba grabando el disco. Me  acuerdo que lo volvimos a arrancar en Apolo y estaba súper nervioso porque esta vez me presentaba solo y le tengo mucho respeto a la sala. Pero pensé, si puedo hacerlo aquí, ya puedo hacerlo en todas partes. ¡Y fue súper bien!

Rumba, funk, swing, rock‘n’roll, tu música es una fiesta continua. Mestizaje, música urbana, una auténtica celebración.

El mayor mestizaje que aporto no tiene que ver con la música, sino con mi manera de actuar y es que soy muy clown. La música es un idioma universal y el clown desnuda el alma. Son dos lenguajes que me permiten poder ir a cualquier sitio sin tener mucho conocimiento de idiomas, que es mi caso.

Esto forma parte de tu personalidad única, arrolladora, de tu carisma como artista…

En el escenario me siento como en casa, es un rato en el que puedes ser más tú. Es la única forma en la que me lo tomo cada día. Para mí, las bandas son como bares queridos en los que he estado, como cuando vas al bar de hace años y te encuentras con los amigos; aunque ese bar ya no existe, te encuentras a esa gente y todo es exactamente igual, gente que nos pertenecemos cariñosamente.

“La sala apuesta por historias nuevas y ha conseguido una variedad muy distinta en estilos, con mucha calidad de sonido.”

Eres de esos artistas que puedes encontrar tocando en un garito ante diez, quince personas, ¿qué te da ese momento a tu manera de tocar, de actuar?

Antes había muchísima más libertad para tocar en los locales y en la calle. Realmente fue en el Glüh Bar, de Santa Coloma de Gramanet, donde empecé a tener un público. Al principio, yo hacía música instrumental, pero como no me callo… Recuerdo conciertos allí que duraban cuatro o seis horas. También viví situaciones muy graciosas. Como yo tocaba en un palé al lado del baño, muchas veces se me había caído gente encima. Una vez alguien tropezó y me rompieron un diente con el micrófono. De ahí saqué el término Rumboxing, porque yo no estaba en el escenario, estaba en medio del gallinero y si se caía alguien se caía encima mío. Yo era uno más del bar.

También actuaba en La Fonda del Caribe, un sitio fantástico en el que se comía y se hacían conciertos, se proyectaban películas… De ahí salió un ‘subsuelo’ que acabó tocando ante un público muy agradecido. Fue un momento muy chulo para todo el que lo vivió. Actuaba mucha gente llegada de Sudamérica y en los grupos veías esa combinación que aportaba mestizaje y lo enriquecía. Si haces mestizaje y te mezclas, mucho mejor.

Volviendo a los momentos que has vivido con la Sala Apolo, se diría que es casi como tu segunda casa, allí has hecho de todo…

Si, recuerdo un domingo de mañana actuando para niños. Fue brutal, acabaron todos los chavales subidos en el escenario bailando. Había una pequeñaja de unos tres años que se dio cuenta que lo que sonaba era la caja que yo tenía entre los pies y puso su piececito a mi lado; la veía apretando el labio y con los puños cerrados… Yo tenía que mirar para otro lado porque me moría de la risa y no podía cantar. Dos horas de concierto y los niños lo aguantaron muy bien. Y después me quedé para firmarles el disco, así que me tiré allí unas cuatro o cinco horas con ellos, mereció la pena. Fue una experiencia muy guapa porque pienso un poco en los de mi generación, que la mayoría han sido padres y no pueden ir a un concierto. Lo hemos repetido varias veces y ha sido muy divertido.

Jairo, ¿cuántas son las veces que has actuado en la sala? ¿Cuál fue la más emocionante?

Entre las que he tocado yo y las colaboraciones en las que he participado no sabría decirte, pero unas seis ó siete veces y todas han sido muy bonitas. Allí grabamos también parte del videoclip El Compadre.

Tengo muchos recuerdos muy bonitos y la gente siempre nos ha tratado con mucho cariño. Pero la primera vez es quizás la que más me ha marcado.

¿Y alguna anécdota digna de rescatar?

Ja, ja, si, la segunda o tercera vez que tocamos en Apolo, el portero no me reconoció y estaba toda la gente en la puerta haciendo cola y le decían: «¡Que es él!, ¡que es él!» Y el tipo nada, que no me dejaba pasar… (RISAS)

¿Qué ha significado esta sala para ti? ¿Cómo la definirías?

La primera vez que la vi con las mesitas pensé: «¡Qué solera, qué preciosidad!». Para mi, Apolo es la sala de Bombo Infierno, como Salamandra es la sala de Trimelón, por las cosas bonitas que esas dos salas le han dado a los proyectos.

¿Cuál crees que ha sido la contribución de Apolo a la escena musical?

La sala apuesta por historias nuevas y ha conseguido una variedad muy distinta en estilos, con mucha calidad de sonido. Además, es una sala muy cercana, con ese escenario que te permite estar más cerca de la gente. Yo te diría que lo que ha aportado es «Crecer y ayudar a crecer a los artistas».

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